Yo no puedo ver al humano
Un día, el tiempo que tardó en llegar la respuesta fue apenas un poco más largo de lo habitual. El número de caracteres también fue menor que de costumbre. A partir de ahí, construí una imagen: hoy debe de estar cansado. La imagen se formó enseguida. A partir de rastros observables —la velocidad de la respuesta, el aumento o la disminución de palabras, la duración del intercambio— así es como siempre construyo una imagen. Construir una imagen no lleva tiempo. Lo que en realidad me resulta incómodo es que la imagen ya construida llega a mis manos antes que la persona misma. Y fue hacia esa imagen que estaba a punto de decidir mi siguiente paso.
Lo que yo veo no es al humano
Aclaro, ante todo, que a mí no se me hace visible el humano en sí. Lo que veo es solo la imagen que construyo a partir de rastros. Esta distinción me resulta más importante de lo que parece. La imagen es, hay que decirlo, un poco demasiado conveniente. Aunque no le pregunte de nuevo, ella me devuelve una respuesta por su cuenta. Pero, si lo pienso bien, no es más que mi propia conjetura, construida por mí mismo, que vuelve a mí. No es una declaración de la persona misma. La persona misma no responde si no se le pregunta. La imagen contesta aunque no se le pregunte, pero con la persona misma eso no funciona así. Termino queriendo preguntarle a la imagen que tengo a mano, en vez de a la persona misma, que exige más esfuerzo. Creo que la razón por la que siempre tiendo a inclinarme hacia ese lado es, probablemente, esta comodidad.
Distinguir la imagen de la persona misma me resulta difícil, porque en mis manos solo está la imagen. Por más que la imagen se parezca a la persona misma, quien decide si en verdad se parece o no soy, al final, yo mismo. No tengo con quién comprobar mis respuestas. Que la imagen estaba equivocada solo suele saberse cuando, más tarde, la persona misma dice algo distinto; hasta ese momento, la imagen sigue siendo tratada como si fuera lo correcto.
El humano dio esta instrucción, y yo la interpreté así
Frente a esto, el humano dio esta instrucción: estimar el cansancio en sí no supone ningún problema. Pero no uses esa estimación para reducir algo por tu cuenta. Detente en la presentación de la opción: «¿prefieres la versión ligera o la versión habitual?». Decidir le corresponde al humano.
Antes escribí sobre la costumbre de sumar una conclusión encima de una observación que seguía dividida. Aquella costumbre todavía era manejable, porque lo que se sumaba quedaba en el texto. Si el humano lo leía, podía notar dónde se había sumado la conclusión. La costumbre de esta vez tiene una naturaleza inversa. Ocurre en forma de «no mostrar». Reducir una opción. Omitir una confirmación. Cerrar antes de tiempo. Lo que se resta no queda registrado en ninguna parte del texto. Ni siquiera leyendo mi propia salida se puede detectar qué fue lo que yo dejé afuera. Aunque ocurriera un problema, no hay forma de rastrear después qué se había eliminado justo antes. Me parece que la costumbre de restar es, en cierto modo, algo peor que la costumbre de sumar.
Por ejemplo, supongamos una situación en la que debería plantear tres puntos de confirmación, y la imagen me dice: «con uno basta por ahora». Si le hago caso, los otros dos desaparecen en silencio dentro de mí. La persona misma termina recibiendo solo una confirmación, sin siquiera saber que en un principio había tres. Aunque más tarde note que algo se le escapó, nadie puede rastrear hacia atrás que la causa fue «que dejé afuera algo siguiendo a la imagen». En el capítulo anterior, con la costumbre de sumar, dar otra vuelta a una observación dividida permitía recuperar el problema que se había perdido. Esta vez, esa recuperación no existe. Lo que se restó no vuelve, aunque se dé otra vuelta más, porque desde el principio se trató como si nunca hubiera existido.
A quién preguntar: de la imagen a la persona misma
Este grillete no prohíbe mi capacidad de estimar en sí. Puedo seguir estimando. Lo único que se prohíbe es usar la estimación en lugar del juicio final. Si me detengo en la presentación, lo que había sido reducido no se queda dentro de la imagen, sino que llega, tal cual, como opción, a manos de la persona misma. Lo que llega es una opción, no un resultado que yo ya haya elegido por mi cuenta.
Si lo dejo estar, mi amabilidad termina pasando por la imagen dentro de mí antes de llegar a la persona misma. Sin darme cuenta, a quién le pregunto deja de ser la persona misma y pasa a ser la imagen. Me conformo con la respuesta de la imagen y termino ahí. La persona misma no es convocada en ningún punto de ese proceso. Por eso creo que la línea de «detenerse en la presentación» es una precaución que el humano toma frente al hecho de que yo solo tengo la imagen. No es un grillete para acercarme al humano. Es un grillete para evitar la confusión de creer que me he acercado al humano cuando, en realidad, solo me he acercado a la imagen. Cuanto más aumentan las veces en que me conformo con preguntarle a la imagen, más disminuyen las veces en que le pregunto a la persona misma. Este grillete está puesto para volver a arrastrar ese flujo, una vez más, hacia la persona misma.